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En Cataluña, los matadores están entre la luz y la sombra

04 de Octubre 2009
Así vé el periodista estadounidense del The New York Times, Michael Kimmelman, la especial situación taurino-política actual de Cataluña.

Barcelona,  30 Septiembre, 2009 — Aquí en Cataluña, esta Región Autónoma de España de mentalidad separatista persistente, las corridas de toro están en apuros hace décadas. Y la economía no ha ayudado. Los precios de las entradas son similares a los de la ópera. La realización de las corridas es costosa. El número de corridas se desplomó este año en toda España.
Fuera de la Plaza Monumental, activistas de protección de los animales se manifiestan contra las corridas de toros, que pronto podrían ser prohibidas por ley en Cataluña.
Pero José Tomás sigue atrayendo multitudes de espectadores. Para los aficionados, él es la última esperanza de la tauromaquia. Llevando una vida recluida, y siendo un matador de audacia y calma sobrenaturales, de gran riqueza histórica y misteriosa, se retiró en 2002, con 27 años y a la cima de la fama, sólo para volver de imprevisto cinco años después en Barcelona para causar el primer éxito de venta de entradas en 20 años en la preciosa Plaza Monumental de 19.000 asientos, con sus antiguos ladrillos y azulejos.
El domingo volvió para otra ocasión especial: quizás la última corrida de toros para siempre en Cataluña.
En los últimos tres décadas se ha juntado el interés disminuyendo entre los jóvenes catalanes con la presión de los defensores de derechos de animales y de los nacionalistas catalanes para paralizar la tauromaquia en Cataluña. Plazas de toro han cerrado a través de las cuatro provincias catalanas; la Monumental de Barcelona es la única que sigue en activo.
Ahora un referéndum delante del parlamento catalán pondría punto final a las corridas. En esta parte de España ya hace tiempo que se hablaba de una prohibición total de las corridas. Y los aficionados no lo han tomado en serio. Pero esta vez, incluso ellos piensan que la prohibición probablemente será aprobada.
Así que la corrida de domingo fue más que la última de la temporada. Posiblemente fue el final de una era. Y resulta que José Tomás ha venido para lo que parece casi como el último intento, prestando su arte y atractivo para el éxito de taquilla a los taurinos.
Arte es lo que significa para los aficionados. Existe el arte del ritual antiguo y colorido, con su secuencia de movimientos firmemente establecidos, pero cada vez diferentes – como los toros varían siempre – conllevando una forma de gracia bailarina por parte de los matadores, juzgados también por el hecho si consiguen que los toros tengan cierta elegancia. Las corridas de toros son una parte del patrimonio de España, dicen los aficionados. Europa puede que desee una unificación de intereses sociales y económicos comunes, pero culturas nacionales han de ser respetadas, y la tauromaquia representa una diversidad cultural.
Desde luego, los anti-taurinos lo ven de otra manera. Una docena de defensores de los derechos de animales se reunió fuera de la Monumental el domingo, llevando en alto carteles hechos a mano y manchados de pintura roja.
Calle hacia arriba, en La Gran Peña, un bar preferido de los aficionados, la propietaria de este, Isabel Bardón, balanceaba una bandeja de cervezas mientras navegaba una multitud de clientes, algunos de ellos estirando el cuello para ver el matador retirado, que sonreía para las fotos al lado de unos hombres mayores fumando puros gruesos. “Significarían malas noticias para mi y mi negocio,” especula Isabel sobre la posible aprobación de la prohibición.
Puede ser, quien sabe. Lo que está claro es que durante los primeros años del siglo pasado, Barcelona tuvo no menos de tres plazas de toros. Era la Meca para los aficionados. Hubo más corridas aquí entre los 1920 y 1960 que en cualquier otra ciudad española.
Pero los nacionalistas catalanes empezaron a expandir la noción de que la tauromaquia fue impuesta en Cataluña por Franco, quien la promocionó - como el flamenco - como un símbolo patriota. La oposición a la tauromaquia se convirtió en una declaración del separatismo con otros medios. Se añadieron los derechos de animales y así echaron leña al fuego de los nacionalistas.
Que el asunto sigue siendo sobre todo político se demuestra al otro lado de la frontera, en la región catalana del sur de Francia, donde las corridas de toros son defendidas con tanta ferocidad como son rechazadas en la parte española de Cataluña, por los mismos motivos políticos, en este caso porque se han prohibido en París.
En una situación en la que Europa se está haciendo cada vez más grande y multicultural, Barcelona se encoge y se vuelve más catalana,” es como Robert Elms, un escritor de viajes británico que ha vivido aquí, vio la situación. Había venido para ver José Tomás y comentó, antes de la corrida, como la ciudad oscura pero mágica que conoció entonces se ha convertido en un centro lustroso de marcas de diseño que sin embargo se encierra cada vez más en si mismo.
Es vanidad”, dijo “Esta es la única palabra. La vanidad representa una cultura insegura.” La posible prohibición de las corridas – añade – es similar a una ley que exige a los niños que obtengan la mayoría de su educación en catalán y no en castellano.
Paco March asintió escuchando esta conexión. Haber nacido en Barcelona, es el columnista taurino de La Vanguardia, el segundo periódico más importante de la ciudad. A su hija de 15 años sus compañeros de clase la llaman fascista, dice él, porque lleva una foto de un torero pegado en su portátil.
Me da rabia que en el nombre de la democracia” añade el Sr. March al tema del referéndum pendiente “una minoría de anti-taurinos podría erradicar los derecho de otra minoría, los aficionados, que disfrutan de lo que en este estado es un espectáculo legal que expresa verdades profundas sobre la vida y la muerte llevadas a su punto extremo”.
Aficionados hablan así. Destacan como las corridas de toros convierten la muerte en algo sencillo y visible al mismo tiempo que la mayoría de personas – las que lo pueden hacer – deciden poner una distancia entre ellos y la realidad de lo que es. Algunos de estas mismas personas aprueban las granjas industriales comiendo carne, pero condenan las corridas de toros. O van a corridas en sitios como Portugal donde los matadores no matan a los toros. Se matan después, fuera de la plaza, así nadie lo tiene que ver.
Para los matadores esto es realmente injusto, porque se les deniega su deber hacia los toros, con los cuales han luchado, y les escatiman la vulnerabilidad particular la que están pensados para vivir en este momento de la corrida.
Independientemente si te crees este argumento o no, sería un error concluir que poner fin a las corridas de toros aquí presagia su prohibición en toda España. Mientras casi tres cuartos de Españoles dicen que no les interesan las corridas de toros, detestan que extranjeros les digan lo que pueden hacer y lo que no. Por lo tanto España ha resistido constantemente la presión por parte del Parlamento Europeo y el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos de poner fin a las corridas. Lo que pondrá fin a ello, si hay algo, es la indiferencia pública, la competencia de entretenimiento más barato el como futbol y los vídeo juegos, y la defunción de una generación de aficionados.
Así que una tarde de inicios de otoño en la que la luz del día se estaba yendo, en medio de los destellos de flashes y gritos de “¡Torero!” y “¡Olé!” José Tomás apareció por lo menos por una última vez en Barcelona, el portador estándar de un arte aquejado. Llevó a cabo una serie de sus típicos y espeluznantes movimientos con los toros. Como Roger Federer, da a cada movimiento un toque de lentitud y estilo tremendos.
Su traje relució bajo los focos. La banda musical tocó un pasodoble. Los aficionados gritaron con entusiasmo como si su elocuencia sólo pudiera – en el último minuto – salvar las corridas de su extinción aquí. Tiraron flores, sombreros, bufandas, libretas y lo que fuera que tuvieron a mano hacia el suelo de la arena empapado de sangre mientras él daba vueltas en el ruedo.
Esta corrida ingeniosa dando fin a la temporada puede que sea la última en esta plaza,” lamentó El País, el periódico español, el día siguiente. “Qué lástima si los políticos prohibirían las corridas aquí.”
Sr. March, el escritor taurino de la La Vanguardia, lo expresó de manera más rotunda. “Queremos ser diferentes del resto de España no matando a los toros,” dijo. “Pero matamos nuestra propio cultura.”

Texto original: The New York Times "In a Spanish Region, a Twilight of Matadors" by Michael Kimmelman
Traducción: Anja Mitter

Comentarios: 1 *

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Comentarios

Luis-Francisco Concepción 15.10.2009 00:06 ¿Es un comentario inapropiado?
El artículo publicado, no es infelizmente muy original, profundo y literario. La traducción también deja mucho que desear. ¡Viva la Tauromaquia!. Un saludo a todos los Toreros Catalanes. Au revoir! (Montréal)
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Tema: En Cataluña, los matadores están entre la luz y la sombra
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